
Por más que el corazón así lo deseara
su vientre no pudo llenarse de sol...
El destino decía que su sangre
no abrigaría un ser en su regazo...
Que las nueve lunas nunca acunarían
los latidos de su amor dentro de sí...
Era tanto lo que tenía que dar
que no quiso dejar sus brazos vacíos...
Trámites y papeleos interminables
agobiaron un poco sus días...
Más vale la espera de un instante decía...
Y entre mantas blancas
y un bolso de sueños
le dieron a los niños que tanto esperaba...
en lágrimas de oro su cálido rostro
se llenó de gestos que no conocía...
Al pecho llevó los cuerpos pequeños
y cada latido de vida sentía...
El vínculo santo, se prendió del alma
y esa noche juntos volvieron al nido...
La luna plateada sembrada de encantos
el rincón del cuarto...
y ángeles del cielo cantaron sus notas
en la voz de ella...
La canción de cuna abrigó el momento...
Las manos de los niños cogieron sus dedos
y en señal de afecto nunca las soltaron...
Veló por sus sueños...
Lloró sus dolencias...
Pasito a pasito, las huellas de su madre siguieron.
Los niños, ya son hombres...
Los niños, ya son hombres...
Y besan a su "madre" como fieles gorriones...
Aunque en su vientre nunca han dormido...
Por su sangre corre el mismo color...
llena gratitud, amor, ilusiones...
Millones de rezos que ella les dió...
No hay madre, más madre
que aquella que ofrece de entero su vida
y acuna ensueños que otra madre dejó...

Para mis hijos del corazón, del alma, siempre los amaré.